Algunas notas sobre la tolerancia en Pío XII

Esta entrada es una recapitulación de lo anterior y agrega algún desarrollo iusfilosófico a la doctrina de Pío XII. Es inevitable hacer entrar a la filosofía del derecho cuando se tratan estos temas.  

Hay distinción, no separación, entre moral y derecho. El derecho es como una red que atrapa algunas conductas y deja pasar otras. Hay muchas conductas que no son objeto de regulación jurídica, porque respecto de ellas el derecho es incompetente. Se trata de actos humanos externos que admiten un juicio moral objetivo, pero que no son conductas coercibles, sea porque les falta alteridad (relación con otros sujetos) o porque tienen insuficiente politicidad (no afectan al bien común). Ejemplos de prácticas religiosas no coercibles: Fulano (con mala conciencia) enciende incienso a un buda que tiene en el sótano de su casa; o bien, junto con su esposa, rinden culto familiar a buda, sin que trascienda a terceras personas. En el primer caso, la conducta individual no es alteritaria; en el segundo, tiene insuficiente politicidad. Aunque se trata de conductas inmorales (objetiva y subjetivamente), no son conductas jurídicamente coercibles.

Desde la doctrina de la tolerancia en la última formulación de Pío XII (hay tres documentos claves: 6.X.1946, 6.XII.1953 y 7.IX.1955) puede afirmarse sin manipular los textos pontificios lo siguiente:

1. La tolerancia puede ser un deber de justicia. Supuestas determinadas condiciones, la tolerancia de parte del Estado es un deber de justicia. Toda vez que el bien común lo exija, el gobernante tiene un deber de justicia (legal y distributiva) de permitir negativamente ciertas conductas moralmente malas. No es un mero deber de caridad, ni un acto de generosidad, ni una concesión graciosa del príncipe, ni un privilegio, sino una conducta a la que el gobernante está obligado con débito estricto.

2. Un deber de justicia implica un derecho correlativo. Al ser la justicia una virtud alteritaria, el deber de justicia de un sujeto genera en otro sujeto el poder correlativo de exigir su cumplimiento.

3. Todo miembro de la comunidad política tiene un derecho natural a participar del bien común. Se trata de un auténtico derecho subjetivo natural por el que toda persona humana, en cuanto parte del todo social, tiene derecho a participar del bien de la comunidad en la que se integra. De este derecho principal pueden derivarse otros derechos.

4. Del derecho a participar del bien común se deriva —cuando la tolerancia es debida en justicia— una acción o poder jurídico para exigir el cumplimiento del deber estatal de tolerancia. Parece mejor hablar de poder jurídico o acción, para designar a este derecho secundario y derivado de un derecho natural principal. En el caso que nos ocupa, el poder jurídico secundario es condicionado a la existencia de circunstancias justificantes de la abstención coercitiva estatal.

5. Dado que la conducta de los sujetos tolerados es objetivamente mala o errónea, no se puede fundar en ella una acción o poder jurídico para exigir el cumplimiento del deber de tolerancia. Pero sí es posible fundar mediatamente en el derecho natural a participar del bien común el poder o acción de exigir el cumplimiento del deber de tolerancia.

Conclusiones:

I. La doctrina de la tolerancia contiene implícita el reconocimiento de un derecho derivado (mejor: acción, poder) a exigir una conducta estatal omisiva, que es inmunidad de coacción, por razón del bien común.

II. No es un derecho a obrar el mal, ni a adherir al error, pues nunca existe una facultad moral para tales cosas; pero sí cierto “derecho” a no ser impedido coactivamente cuando una causa proporcionada exige al Estado tolerar.

III. Esta acción o poder es la contracara del deber de autolimitación coercitiva estatal; es decir, es la tolerancia estatal vista desde la perspectiva del sujeto tolerado.

5 comentarios to “Algunas notas sobre la tolerancia en Pío XII”

  1. Otto Says:

    Monseñor Lefebvre dijo:

    “Es harto evidente que, de suyo, los adeptos de la religión errónea, por este solo título,
    no gozan de ningún derecho natural a la inmunidad. Permitidme ilustrar esta verdad con
    un ejemplo concreto. Si vosotros quisierais impedir la oración pública de un grupo de musulmanes
    en la calle, o incluso el perturbar su culto en una mezquita, eventualmente, pecaríais
    contra la caridad y seguramente contra la prudencia, pero no causaríais a esos creyentes
    ninguna injusticia. No se verían heridos en ninguno de los bienes a los que tienen derecho,
    ni en ninguno de sus derechos a estos bienes243; en ninguno de sus bienes, porque su
    verdadero bien no es el de ejercer sin trabas su culto falso, sino el de poder ejercer un día el
    verdadero; en ninguno de sus derechos, pues ellos tienen el derecho a ejercer el “culto de
    Dios en privado y en público” y a no ser impedidos, pero ¡el culto de Alá no es el culto
    de Dios! En efecto, Dios mismo reveló el culto con el que quiere ser honrado exclusivamente,
    que es el culto de la Religión católica.
    Por ende, si en justicia natural, no se perjudica de ninguna manera a esos creyentes
    al impedir o perturbar su culto, es porque no tienen ningún derecho natural a no ser perturbados
    en su ejercicio.”

    • Anónimo Says:

      Otto:

      Intercalo algunos comentarios en bastardilla:

      “Es harto evidente que, de suyo, los adeptos de la religión errónea, por este solo título,
      no gozan de ningún derecho natural a la inmunidad.

      Es verdad: el error no es título fundante de derechos subjetivos, ni siquiera de una inmunidad de coacción. El Vaticano II no fundó la inmunidad religiosa en el error, siquiera en el de buena fe

      Permitidme ilustrar esta verdad con un ejemplo concreto. Si vosotros quisierais impedir la oración pública de un grupo de musulmanes en la calle, o incluso el perturbar su culto en una mezquita, eventualmente, pecaríais contra la caridad y seguramente contra la prudencia, pero no causaríais a esos creyentes ninguna injusticia. No se verían heridos en ninguno de los bienes a los que tienen derecho, ni en ninguno de sus derechos a estos bienes;

      No estoy de acuerdo. Se podría pecar contra la justicia legal. Y se podría incumplir leyes justas. Además, podría haber una razón de injusticia conmutativa al afectar una inmunidad de coacción que es debida en justicia cuando lo exige el bien común. Lo mismo habría que decir de quien quisiera impedir coactivamente una mentira

      en ninguno de sus bienes, porque su verdadero bien no es el de ejercer sin trabas su culto falso, sino el de poder ejercer un día el verdadero; en ninguno de sus derechos, pues ellos tienen el derecho a ejercer el “culto de Dios en privado y en público” y a no ser impedidos, pero ¡el culto de Alá no es el culto de Dios!

      No es del todo correcto. Cierta inmunidad de coacción es participación en el bien común

      En efecto, Dios mismo reveló el culto con el que quiere ser honrado exclusivamente, que es el culto de la Religión católica. Por ende, si en justicia natural, no se perjudica de ninguna manera a esos creyentes al impedir o perturbar su culto, es porque no tienen ningún derecho natural a no ser perturbados en su ejercicio.”

      Reitero: es contrario a la justicia natural dañar el bien común incluso cuando sus exigencias concretas exigen inmunidad de coacción para conductas inmorales. Algo semejante puede decirse de quien pretendiera castigar privadamente un delito ya prescrito

      Saludos..

      • martinelling Says:

        Agrego, algunos elementos de juicio tomados de Santo Tomás

        1. Un principio del Aquinate parece aplicable:

        “…lo mismo que sería injusto que alguien obligase a otro a observar una ley que no hubiera sido sancionada por la autoridad pública, también es injusto que alguien obligue a otro a sufrir un juicio que no haya sido pronunciado por la autoridad pública…” (S. Th. II-II, 60, 6).

        2. Otro principio importante:

        “…encarcelar a alguien o detenerle en cualquier forma es ilícito si no se hace según el orden de la justicia…” (S. Th., II-II, 65, a. 3).

        Se refiere a la coacción física que priva de la libertad de movimientos. Pero podría a extenderse razonablemente a otras formas menos graves de coacción.

        Y luego reitera la moralidad de la permisión negativa:

        “Dios, algunas veces, según el orden de su sabiduría, constriñe a los pecadores para que no puedan realizar sus pecados (…) Pero en otras ocasiones les permite hacer lo que quieran, y del mismo modo, según la justicia humana, no son encarcelados los hombres por cualquier falta, sino por algunas.” (ad. 2).

        En las comunidades políticas actuales es el Estado el que tiene el monopolio de la coacción.

  2. Anónimo Says:

    P.S.: Martin Ellingham

  3. Eremita Says:

    Además está la cuestión de la jurisdicción, es decir (según lo entiendo desde mi básico pensamiento) la autoridad para exigir o imponer mediante coerción el cumplimiento de una ley.

    Dios no ha dado autoridad a los individuos para ejercer coerción en materia religiosa. Ni tampoco a la Iglesia sobre los no bautizados y ciertamente tampoco a los estados (al menos no de forma inmediata, insubordinada al bien común y al juicio de la Iglesia).

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