Límites a la libertad religiosa (1)

La cuestión de los límites al derecho de inmunidad es realmente importante. Lo es en sí misma y con relación a sus consecuencias respecto de la continuidad o ruptura de la DH con la doctrina católica anterior. Aquí la Dignitatis humanae enciende una luz de alerta

En efecto, no basta con afirmar simplemente que la libertad de culto defendida por el liberalismo pretende fundarse sobre el indiferentismo religioso y que sólo por ello fue rechazada. La Iglesia no condenó solamente el indiferentismo, también reprobó la libertad de culto en sí misma, como surge con evidencia del hecho de condenar tal libertad como viene afirmada en el llamado “liberalismo católico” de Lamennais.

Ahora bien, las condenas se deben interpretar de manera estricta, y de un análisis de los textos magisteriales de condena a la libertad de cultos no surge la reprobación de cualquier inmunidad de coacción sino de una libertad de cultos absoluta (=deficientemente limitada) e indiscriminada (=reconocida a todas las religiones, sin distinción), lo que se vincula con las relaciones Iglesia-Estado.

Sobre los límites a la libertad religiosa en DH quisiera dividir la exposición en tres partes: primera, la flexibilidad de la doctrina de la tolerancia; segunda, el bien común como límite en Victorino Rodríguez; y, tercera, el orden público y sus aporías.

1. Sin ánimo de reiterar lo ya expuesto en otra entrada, es importante destacar que la doctrina preconciliar no era rígida y de difícil adaptación a las circunstancias del siglo XX como decían los personalistas. Por el contrario, en la decisión de establecer la tolerancia religiosa era menester conjugar el bien común temporal de un Estado en relación con el bien común internacional y de la Iglesia local y universal.

La ya mencionada distinción entre tesis e hipótesis para determinar el estatuto de tolerancia de las religiones falsas admitía como posibilidad la generalización del estado de hipótesis. Tanto León XIII (Longincua oceani) como Pío XII (Ciencias históricas, 1955) lo advirtieron, con una  formula negativa: el primero, al decirle a los norteamericanos que no hicieran de la situación de su país un hecho universal ni un ideal válido para todas las naciones; el segundo, al reservarse para la Sede Apostólica la declaración de de una posible generalización de la hipótesis.

Conviene citar aquí al jesuita español, Eustaquio Guerrero, teólogo de enérgica personalidad, considerado integrista y cerril por muchos, crítico implacable de Maritain, y defensor de la tesis del “Estado católico”. El P. Guerreo afirmaba en 1948: “Sobre la cuestión de hecho, a saber, sobre si se verifican hoy en todo el mundo las condiciones que justifiquen igual libertad religiosa para todos los países (…) debe afirmarse lo siguiente: a) Pío XII, en los documentos citados, se ha hecho cargo, según creo, de que existe en el mundo un especial ambiente de libertad e indiferencia religiosa, el cual crea alguna mayor dificultad a las restricciones de la tolerancia que el ambiente de hace un siglo. b) Pero nada en absoluto han pronunciado sus augustos labios con que se autoricen quienes creen que hoy, para bien de la Iglesia, deben establecerse por doquier las famosas libertades iguales para todos (…)” (cfr. Razón y Fe. Tº 138. Julio-diciembre de 1948. Ps. 526-527). Y, en 1961, desde la misma publicación: «… si llegara el caso de un mundo unificado, en que la Santa Sede juzgara mejor para la Iglesia universal la supresión de toda discriminación religiosa por las leyes civiles, aun en países católicos, no precisamente por respeto a la libertad del acto de fe, sino por otros provechos del bien común y de la misma Iglesia, esa igualdad ante el Estado no sería igualdad ante Dios: ambos seguirían considerando como un mal la confesión no católica, pero la tolerarían en razón de los bienes garantizados con su permisión. El estatuto jurídico que con justa causa igualara en todo el orbe las diversas religiones sería, en la mente de todo católico ortodoxo, una regla de tolerancia: permisión de un mal: el mal de la profesión de religiones falsas, pues sólo hay una verdadera…” (cfr. Razón y Fe. Tº 164. Julio-diciembre de 1961. Ps. 37-38) Vemos que, a pesar de las reticencias y el tono defensivo de la situación española, hay una anticipación sobre la posible generalización de las circunstancias propias de la hipótesis, que pudiera llegar al punto de tener carácter mundial y afectar incluso a naciones con unidad católica como España. Aunque el autor se mueve todavía dentro de las coordenadas doctrinales de la tolerancia, los textos son reveladores de la flexibilidad de la doctrina tradicional respecto de las cambiantes circunstancias históricas.

También podemos traer a colación el muy difundido texto de Garrigou-Lagrange: “Nosotros podemos (…) hacer de la libertad de cultos un argumento ad hominem contra aquellos que, a la vez que proclaman la libertad de cultos, persiguen a la Iglesia (Estados laicos y socializantes), o impiden su culto directa o indirectamente (Estados comunistas, islámicos, etc.). Este argumento ad hominem es justo y la Iglesia no lo desdeña, usándolo para defender eficazmente su derecho a la libertad. Pero no se sigue, que la libertad de cultos, considerada en sí misma, sea sostenible para los católicos como principio, porque ella es de suyo absurda e impía, pues la verdad y el error no pueden tener los mismos derechos.” Ciertamente no dice qué sucedería si todas las naciones del mundo se descristianizaran y diversificaran en materia religiosa a tal punto que exigieran una tolerancia amplia y recíproca, positivada en un estatuto internacional de libertad de cultos. Pero me parece claro que en tal caso el argumento ad hominem podría volverse de uso universal.

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